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Stultifera Navis


Tu cabeza es una barca llena de locos
que izan la bandera para asfixiar al viento
Y los espacios en tus huesos
conservan el sabor amargo de los muertos

Post mortem

A veces, o quizás muy a menudo, fantaseo con la idea de la muerte. No de morirme en sí, mas bien sobre qué objetos, textos, imágenes o archivos en mi computadora me gustaría que sobrevivieran, eso claro está, si alguien tuviera la disposición de conservarlos. Pienso en las cosas que dejaría si supiera que voy a morir pronto y cuales desecharía, que papeles rompería, que objetos tiraría, una edición de pertenencias que serían encontradas post mortem. Pienso en mis fotografías, las pocas que hecho (mis impresiones, mis negativos, mis archivos digitales), las que me han hecho y que son pocas pues detesto ser fotografiado. Algunas grabaciones de mi voz quedan, junto con varios textos, concisos, corregidos una y otra vez de manera compulsiva, como si los escribiera para que tiempo después, al ser encontrados, cobraran sentido y no me avergonzaran ya muerto. Pero los muertos no se sonrojan. A los muertos les importa cualquier cosa menos la vida. Pero un vivo no puede reprimir las ganas de recorrer los espacios recién abandonados, de andar revolviendo cosas ajenas para intentar rellenar los huecos que deja la ausencia.

Alberca

Ese día fui a tomar fotos a la casa en venta. Cuesta 1 millón de dolares, dicen. Nos atiende una señora de unos setenta años que luego de abrir la puerta, regresa a limpiar la alberca. La mujer que me acompaña comenta lo bonito de ver como toda la mugre de la alberca desaparece al ser aspirada, pero la señora parece no estar de acuerdo con lo bonito de estar jalando un aspirador que pesa más que su propio cuerpo. Me cuenta que siempre se encarga de eso, que no tiene nietos ni hijos que la ayuden. Le digo que al parecer la alberca es muy honda y dice que sí. Tres metros me dice, y me enseña tres dedos de su mano por si no me queda claro. Le digo que tenga cuidado y se aleje un poco del borde porque podría caer y ella me cuenta que han sido unas tres veces también, y de nuevo enseña el trio de dedos, que ha estado a punto de caer dentro. Dice que no sabe nadar, le digo que yo tampoco, así que me hago hacía atrás y le comento que no debería hacer eso cuando está sola porque es peligroso pero dice no tener otra opción. Se queda callada un rato, luego me sonríe mientras dice que va a aprender a nadar. Yo también intento sonreírle, pero sólo me sale una mueca extraña.

Novenario

Madre suele salir con frecuencia por las tardes a novenarios de vecinos fallecidos, la colonia es la más grande de la ciudad, así que apenas se da abasto. "Hay que acompañar" dice, y no me queda claro si la compañía es para los familiares o para el muerto. No va sola, son varias señoras que caminan en grupo cubriéndose del sol de las cinco de la tarde, del mortero convertido en polvo que se forma en estas calles mal pavimentadas, de la tierra que les avientan encima los microbuseros que no respetan madres ajenas. Llegan a las casas sin nada más en las manos que sus rosarios oxidados y sus labios que parecen acalambrarse sino sueltan sus plegarias. Ahí están todas rezándole a un muerto ajeno, cantando el "salgan salgan salgan animas en pena, que el rosario santo rompe sus cadenas", y una larga y monótona letanía que culmina en un "Ruega por él" intermitente. Luego del rosario, toman algún café, té o lo que les ofrezcan y a veces ni eso, pues deben salir corriendo porque tienen que alcanzar el rosario de otro difunto al que se le ocurrió el desatino egocéntrico de morirse al mismo tiempo. Madre no puede contener las ganas de decirle adíos a los difuntos, de pedirles quedito que le vayan abriendo de a poco el caminito. Hace bien, es a los muertos a los que hay que acercarse, porque un vivo no siempre será un vivo, jamás perpetuo. Pero un muerto, jamás dejará de ser un muerto.

Garrapata

A veces me dan ganas de meterme desnudo bajo las sabanas, y como Fernanda del Carpio, esperar a que lleguen los médicos invisibles a revisarme para luego enviar su diagnóstico por telegrama. Pero eso no sucede. Boro dice que mi enfermedad podría deberse a una garrapata. Imposible digo yo, pero Boro insiste en que es una garrapata y me pregunta sino supe que Thalía estuvo a punto de morir porque se le metió una garrapata en la vagina y comenzó a explorar su cuerpo y luego nada, ahí tienes a los doctores haciendo lo posible por extraer al animal que ya para entonces se había instalado muy comodina en algun rincón de la vagina. Increible, es lo que pienso y le digo que seguramente está jugandome una broma pero dice haberlo escuchado en un bus y jura y perjura que todas las señoritas que iban en ese bus prometieron muy solemnes que esa misma noche se revisarían a conciencia su vagina en busca de garrapatas y de paso uno que otro animal rastrero. Él en cambio cierra los ojos y desde lo mas profundo de su ser agradece infinitamente no tener una vagina que sirva de guarida a una garrapata, aunque orificios abunden en el cuerpo. Me siento triste por todo. Por las circunstancias, por la enfermedad, por la vagina de Thalía, por la garrapata vagabunda, y por todo, absolutamente todo en esta vida.

Sonaja




¿Y cuanto tiempo habrá que guarecerse en el costal de huesos viejos?
El sol se ha marchado
Los niños muertos sacuden el costal a modo de sonaja y vienen a espantar los sueños
Agitan sus dedos, largos como el insomnio
Y cantan una horrible canción de cuna


Luciérnaga


Cuando era niño corría por los cerros aplastando el trigo seco. Buscaba la tierra que serviría de abono a las plantas, nadaba en el río, me escurría entre las piedras para luego ir a recoger las mariposas muertas. No recuerdo si era felíz, tal vez no. La felicidad no se olvida. Mi lugar secreto era el último cuarto sin ventana. Ahí sólo había sombras inmóviles. Aunque de vez en cuando llegaban otras que corrían sigilosas por los rincones. Mi madre decía que eran las ánimas. Para asustarlas, los niños atrapábamos luciérnagas todas las noches. Se dejaban caer en el campo, como estrellas alumbrando con su luz verde fluorescente. Algunos niños las frotaban en su ropa y hacían figuras con ellas. Yo las guardaba en una caja de zapatos y luego corría al cuarto a liberarlas. Entonces las ánimas huian asustadas y el cuarto se convertía en una pequeña galaxia.

Travesía



En menos de dos semanas, dos de mi edad se han suicidado a la redonda. Madre no deja de verme raro.

Camino.




En la casa de la vieja hechicera, las sombras se agotan con el alba
Yo me agoto con ellas, hinchado de miedo, leproso de nostalgias
Soy el sapo negro que ha absorbido los males de la choza encantada
Y ahora vienen tras de mi para degollarme y acabar con el hechizo

La luz de las antorchas danzan en circulos que se acercan y agigantan
Hay una niña llorando al lado de un león muerto
Un espantapájaros reducido a cenizas y un oxidado hombre de holajata
Cierro los ojos ante el resplandor de un paisaje en tonos dorados y naranjas
El camino amarillo está siendo consumido por las llamas.


Colina

Esas eran las tardes. El viento sacudía los árboles de cirianes y el fruto, una bola negra como cráneo carbonizado que usaban las mujeres para teñirse el pelo, se desprendía de las ramas y rodaba sobre los zurcos vacíos de granos. La colina cubierta de trigo dorado y espigas que se levantaban altivas contra el viento. Mis pies de niño hundiéndose en la hierba seca y abultada, bañada por los últimos rayos de sol. Yo estiraba los brazos, dejándome caer de espaldas sobre el colchón de hierba vieja. Llegaba el frío y las sombras en el cerro comenzaban a alargarse hasta consumir al día y entonces todo quedaba cubierto por el resplandor crepuscular. Era el momento en el que Madre y yo volviamos a casa, respirando el olor a tierra mojada y escuchando el mugido de las vacas, dándonos las buenas noches desde la majada.



Pero siento que no existo, que toda mi humanidad es un sueño mal soñado por algún narrador que no se decide a darme mas capitulos ni escribir mi final. Y paso la vida buscando llagas por todo mi cuerpo donde poner mi dedo como Santo Tomás, la prueba evidente de que soy real.

memoria.




Somos aquello que intentamos olvidar.

*Septiembre. Arte Postal

Iceberg




Me derrito.
soy fragmentos de hielo que se esparcen sin saber hacia donde se dirigen. Floto sobre incertidumbre. Me niego a ser parte de un iceberg inmutable. Me deslizo. Me bifurco. Me desarmo y a ratos me encuentro y vuelvo a armarme. Me humedezco. No estoy llorando. Estoy lloviendo. Mojo mi piel llagada que arde. Camino leproso de nostalgias por senderos color tarde. No consigo tranquilizarme. Estoy moviéndome. Y en cada paso, suelto un sonido intermitente. Un tic tac que me aterra, que me previene, que me aturde. Soy una bomba de tiempo y no hay manual que me desarme.


parque



Llovió un rato y luego volvió a salir el sol. En el parque hay un niño insistiendo en que yo conozco a sus padres y luego me cuenta que no anda jugando nada más porque sí, sucede que su mamá sale de trabajar dentro de dos horas y tiene que esperarla y yo le digo que es mucho tiempo y él me dice que ya se acostumbró y yo me pongo a pensar en que uno termina acostumbrándose a ciertas cosas pero a otras no. Le digo que debo irme y que me salude a sus padres y él dice que sí, que como no. En la calle hay un señor preguntando por algún escritorio público porque le urge que le escriban una carta y todos le dicen que no encontrará nada abierto hasta el lunes y el señor se marcha muy preocupado y yo me quedo pensando de que tratará la carta que quiere que le escriban. Luego me recargo en la pared y aspiro el aroma a pavimento mojado.

Atrás el sol aun no se decide si se mete de una vez o espera otro rato.


muerto




En la radio de varios taxis suena una voz distorsionada pidiendo ayuda. En la autopista hay un cuerpo tirado y pasan los coches y no lo ven y lo atropellan una y otra vez. Todo es oscuridad, a ratos unas luces intermitentes sobre unos ojos apagados. Huele a muerte aderezada con flores de anís cerca del campo. Vendrán todos menos la muerte. Esa ya vino y se ha ido. Pronto llegará la ambulancia. Pronto sonarán los lamentos de una sirena mustia. Vendrán los policias y el cuerpo será cubierto para que nadie lo vea. Antes estuvo descubierto y tampoco lo vieron. Nadie lo vio. Son las nueve de la noche y cierro los ojos pero me asusto y los abro. La muerte pasa frente a mí como humo que me pone los ojos llorosos. Pálida la muerte. Cómo un péndulo funesto. Ahora va, ahora viene. Va por ellos y viene por mí. La muerte.

Mareo.




Llovía agua y a ratos mierda de palomas. Hacía un calorcito mustio y extraño. El pavimento hervía y a uno se le humedecían las mejillas. Al fondo del balcón se veía el campanario enorme y tras él, varias brujas hechas de papel, redondas y enormes, con fuego en la base que las hacía elevarse hasta perderse entre las nubes grises. Yo estiraba mi cabeza e intentaba verlas desaparecer pero me daba miedo ver al cielo. Tuve la sensación de caerme para arriba y cerré los ojos hasta que la sensación pasó. Se fue el mareo pero el miedo no. Ese se quedó.

Letargo.




Y sobre todas las cosas
pedir perdón al niño asustado que fuiste
por haber jugado tanto tiempo
a hacerte el muerto.



desenfocado.




Te has despertado soñando. Has intentado controlar los mareos pero tu equilibrio va más allá de la linea imaginaria que se marca frente a tus ojos y se pierde conforme cruza todos los planos de la imagen que contemplas. Se te ha desenfocado la vista. Has perdido profundidad de campo y apenas puedes contemplar lo que tienes en primer plano. Intentas sostenerte de un tripíe viejo y sin fuerzas. Estás cambiando a pasos grandes y en distintas direcciones. Te provocas pequeñas explosiones que salen disparadas hacía todas partes. Vas abandonándote en deshechos que se riegan como pólvora. Intentas hacer un proceso cruzado de algo que no tiene color ni forma. Caminas sobre hierba seca para hacer ruido y aminorar las frases que te escupe la memoria. No te reconoces. Te sientes tan ajeno a tí, que te descubres escribiendo en tercera persona.

Deshabitado.



Estuve arrinconado un largo rato, aletargado. En el patio las plantas han crecido mucho. Hay flores nuevas que no conocía. Hay incluso una maceta con gengibre. Se me entumieron los huesos. Se me volvió angustia la razón. Sentía un hueco en la panza que intentaba llenar con oraciones pero estaba carente de palabras. Impávido en las noches, escuchaba el ruido de los moscos volando sobre mí y esa era mi principal señal de saberme aun vivo. Vi pasar la vida en fotogramas sueltos y alterados, nunca en movimiento. Me solté la cuerda para perderme. Silbé a los pájaros para que se tragaran las mijagas de pan y así no poder volver. Hasta que el tintineo de campanas me hicieron reaccionar. Aún sigo acostado, pero será un rato breve, mientras espero que pase el aturdimiento que ha perdido fuerza y se ha vuelto mas ligero.




Contaré hasta diez y luego saldré a buscarme.


noctámbulo.




Has estado pidiendo que llueva.
Que llueva más de lo que el cielo te ha concedido: sólo un par de días. Pero no llueve ya y tu quisieras sentir frío y poder cubrir tus huesos con algo más que no sean esos moscos que molestan aunque no tanto como los cargos de conciencia. Duermes poco, piensas mucho, sientes todo, entiendes nada. Y cierras los ojos y recorres con tu dedo los pasillos fríos del laberinto del que sólo podrás librarte entrada ya la madrugada.
Y así hasta ahora.